Pepito era un muchachito muy estudiosito, siempre había sido el primero en su clase, siempre había hecho sus deberes en la escuela, los profesores lo querían, lo mimaban y lo apreciaban por su gran dedicación, al contrario de los demás alumnos, estos que a su vez sentían envidia e incluso detestaban a Pepito, algunos hasta llegaban a esperar los momentos mas propicios para maltrátalo, lanzarle papeles arrugados y reír de el a sus espaldas. Las carcajadas no afectaban a Pepito que continuaba mas estudioso que nunca pensando algún día demostrarles que seria un triunfador. Día, como es bien entendido, que nunca llegaría….
Lo único que Pepito tenía a su favor para darse gloria era su plata. Cada año, valiéndose de los medios familiares, Pepito solía organizar su cumpleaños a lo grande, era su cuarto de hora de celebridad, sus compañeritos, los mismos que lo insultaban y vejaban en la escuela, iban en masa a la fiesta organizada y proclamada en boca de jarro en la escuela, con afiches, pancartas que invitaban a todo y cada uno de los zarrapastrosos que por allí pasaran. A Pepito no le interesaba filtrar a sus invitados, lo único que él quería era ser popular, ser querido, ser apreciado, ser el pachá… Asi pepito tiraba la casa por la ventana, todos los invitados eran en su gran mayor parte oportunistas y conchudos, que aprovechaban de la oportunidad para tragar y beber gratis, nadie llevaba regalo, pero esto a Pepito tampoco le interesaba, el tenia dinero de sobra para comprarse todo con su plata. Los familiares lejanos de Pepito, ricos también ellos, solo iban a la fiesta por política, motivados algunos por motivos comerciales y de negocios con el padre de Pepito, otros por simple relación diplomática con la familia “Selariegan”, influyente en el mercado de valores. Pepito en su inocencia creía que todos estaban ahí por él, para rendirle homenaje, porque lo querían, porque para ellos él era importante, porque era un niño estudioso y amable, porque simplemente él era el rey de la fiesta, pero nada, todos estaban allí por otra cosa excepto por Pepito. Durante la velada Pepito solia bailar , cantar, sonreír a todo el mundo, pasar de un juego a otro con sus compañeritos que esta vez se contenían, a pesar de las ganas, de implantarle sendos lapos en la nuca o de meterle cabe mientras este corría. Pepito se sentía uno mas, un niño feliz. Los otros niños solo estaban preocupados en tragar a sus anchas. Cuando llegaba la hora de romper la Piñata de cartón Pepito gritaba que el seria el primero en golpear, luego de 40 o 50 intentos fallidos, su madre, ya cansada de soportarlo, agarraba con las manos el ya deformado muñeco y lo desgarraba, lazando el contenido en el suelo, los demas niños se lanzaban en avalancha, apartando a golpes a Pepito que caía como una pesada papa a contemplar de lejos como los otros conseguían coger los mejores juguetitos, ahí en el tumulto se veían a los futuros equivalentes de Nandito, luchando a muerte por un pito sin bola, Betito, prendido como lapa del culo de la mas gorda y fea de las compañeritas de clase, Deniro aprovechando el descuido para comer los sándwiches en la mesa y luego corriendo a recoger los caramelos sucios y sin envoltura que habían caído al suelo y que todos habían pisoteado, Josué tratando de agarrarle la pija a todos, guardando la pingua de la piñata para él, y Demian, saltando para esquivar las envestidas de los otros niños tratando de no ser aplastado, comiendo las sobras de ichu y caca de las zapatillas de los demás niñitos, Pepito miraba la escena, a pesar de todo, con un atisbo de alegría, pues el se sentía el rey de la fiesta…
Una vez comidos y bien cebados los niños partían sin ni siquiera decir gracias, al día siguiente las cosas volvían a ser normales.
Los años pasaron y Pepito continúo con la tradición de festejar su cumpleaños. Solo que los fondos de la pachanga ya no eran subvencionados por la familia “Selariegan”, que se encontraba en la bancarrota, ahora eran pagados por el propio Pepito. El cual se sentía amado y reconocido una vez mas cada año en la misma fecha, aunque las cosas no habían cambiado nada desde cuando este era niño, todos los ahí presentes iban con la intención de beber y tragar gratis, y era el amor a los chicharrones mas que al chancho, que los motivaba a pasar la noche en la morada de Pepito, palacio del cual una vez mas, Pepito se sentía el Rey por un día...
Feliz Cumpleaños Curaca, pásala bien!.
viernes, 14 de diciembre de 2007
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