jueves, 30 de agosto de 2007

EL PERRO

En el lindo y hermoso Chorrillos, distrito valiente que aguantó estoicamente mil masacres de los chilenos... yacía parado, inmóvil (y con el pene erecto porque en ese momento se estaba masturbando con miles de videos pornográficos) nuestro querido Nandito, observando al seco y triturado cadáver de su miserable perro, tan miserable como su dueño...

Sí, el perro de Nandito no aguantó más. Vivir en medio de la pestilencia y la miseria era demasiado hasta para un perro.

El perro de Nando (que ni nombre tenía), había sido víctima de innumerables abusos y maltratos por parte de la familia y no aguantó más. Hacía sólo horas, antes de que Nando aprovechara la tarde libre que tenía para masturbarse a rabiar, su dueño lo había estado molestando.

“Vamos a joder a este perro de mierda” – pensó maquiavélicamente la serpiente. Dicho esto, pasó por el lado del perro que dormía a duras penas porque sus tripas no paraban de quejarse, y de un tacazo en la cabeza hundió aún más el cráneo del animal. El pobre perro no paraba de llorar por tal golpe pero la serpiente sólo atinaba a callarlo. “Calla mierda!”, gritaba de manera constante. Ponía su cara cerca del animal, como disfrutando del dolor ajeno, observándolo de cerca, sonriendo y gritando repetidas veces: “Calla mierda! Calla mierda! Calla mierda!”.

Cuando raras veces la familia recibía visitas, amarraban al pobre perro al lado del inodoro para que no moleste.

“Amarren al perro!, tenemos visita carajo!” - se oía gritar. Entonces, ni corto ni perezoso, Nandito corría y traía unas cadenas de fierro oxidado que tenían en el techo y llevaba al perro al baño. “Ven carajo!” – decía complacido, sonriente, con los ojos casi con lagrimas de la excitación – “ahora te voy a amarrar al lado de la mierda, perro conchatumare”. El perro, que ya se percataba de este tipo de tortura apenas oía las cadenas, comenzaba a temblar del miedo y trababa de escabullirse, pero no podía hacer mucho, las fuerzas ya no lo acompañaban, la falta de comida, las constantes torturas, los pedos de Nando, los gritos, los insultos, en fin, la pestilencia y putridez en general habían ya vencido y el perro sólo atinaba a dejarse arrastrar por Nando hacia el baño.

Pero, ¿De dónde venía tanto odio? ¿Por qué el ensañamiento? ¿Por qué las constantes torturas para con el pobre animal?

Retrocediendo algunos años, cuando trajeron al cachorro a casa, la familia comenzó a dejar de ponerle atención a las travesuras y estupideces de Nando y a sonreír con las piruetas del cachorrito.

En las noches, cuando todos dormían, Nandito se preguntaba: “Cómo chucha pueden querer a un animal más que a mí carajo, si yo soy bueno, estudioso, inteligente, un poco apestoso quizás, pero al fin y al cabo parte de la familia, mierda!”. Nandito no se percataba que en esa época ya había entrado a su vida y a su corazón Betito, un ser maléfico y podrido, el diablo mismo en persona, quien lo seducía de manera absurda para con los más viles actos y los más deplorables deseos de la carne. Sí, Betito ya había atraído al mundo de la mierda a Nandito, quien sin darse ni él mismo cuenta, se había convertido al inicio en un insecto miserable y posteriormente en una serpiente venenosa.

En esa época, Nando no sabía que hacer para llamar la atención de la familia, quienes ya comenzaban a deplorarlo. Al inicio, en su raciocinio infantil y previsible, comenzó a andar en cuatro patas por la casa para llamar la atención. Luego comenzó a mearse y cagarse en la sala lo que hacía que todo apestara a rabiar, pero Nandito convencido de que sus actos atraerían el amor nuevamente continuaba con sus bajezas. Todo esto era alentado e incentivado por Betito, quien le hablaba así: “Vamos, continúa así. Así te van a llegar a querer de nuevo. No te das cuenta?”.

Pero nada resultaba, ni las piruetas que comenzó a ofrecer, ni los ladridos que daba en las noches en la puerta de los dormitorios, ni los aullidos penosos que lanzaba. Definitivamente había perdido la batalla.

“Entonces jode al animal. Maltrátalo, tortúralo, mátalo. No te das cuenta?” Le había aconsejado constantemente Betito. Al inicio Nandito no quería oír, pero con el paso del tiempo, solo y sin cariño, había decidido matar el problema por sus propias manos. “Ese perro conchasumare no me va a cagar, ah no carajo, a mí? No carajo, a mi nadie me caga, yo sí cago gente, pero un perro a mi? Nooooo nicagando”, razonaba Nandito.

Cuando comenzaron a dejar de darle de comer a Nandito por alimentar a la mascota, la cosa se puso aún mas grave.

Habían decidido que el perro era un mejor ser que nuestro Nandito y ya no lo iban a alimentar más. Nando comenzó a enflaquecer porque ya no le dejaban comida. Ya no le compraban jabones para su baño personal, no tenía pasta dental ni toallas. Las toallas de Nandito comenzaron a usarse para abrigar la casita de la mascota y limpiar su mierda. La ropa de Nandito comenzó a ser cortada para preparar lindos ropones para el can.

El colmo fue cuando un día Nando llego de la universidad, con su mochila vieja y rota, cansado y ensangrentado porque se acababa de pelear con el cobrador del microbús porque quería pagar medio pasaje a la 1 de la mañana, con los zapatos rotos porque decidió caminar desde miraflores hasta chorrillos para ahorrar “Ta’ huevón? Ya estoy cerca, mejor camino y me ahorro esta platita” había pensado astutamente mientras emprendía la marcha desde el frío miraflores. Había llegado a su cuarto y vio en su cama, arropado y abrigado al perro.

Se quedó petrificado en la puerta, por su mente pasaba como en una película los golpes que le habían propinado para que se acostara, la cama sin colchón en la que había dormido por años (que lo habían hecho crecer de manera descomunal), los únicos zapatos que lo habían acompañado a lo largo de toda la universidad, pero sobretodo y era lo que más le dolía, a él nunca lo había acostado, ni arropado, ni siquiera lo habían mandado a dormir. Podía quedarse horas viendo televisión o parado en la calle viendo los carros que pasaban pero nunca lo habían mandado a dormir y mucho menos acostado. Salió del cuarto, despacito para no despertar al perro y se fue a la sala, a dormir en la cama del perro.

Esta cama olía mejor que él y por un momento se sintió feliz del calor que comenzó a sentir, pero sus tripas chillaban a rabiar. No había comido nada en todo el día para ahorrarse el dinero y en un arranque de locura comenzó a tragarse la comida del perro. La saboreo al inicio con los ojos cerrados, casi llorando por la atrocidad que estaba cometiendo, pero poco a poco le volvió el alma al cuerpo: estaba ahorrándose el dinero del sándwich que pensaba comprarse si no quedaba otra pero ya había encontrado la solución.

“Igual, deben haber vitaminas aquí, si lo tratan tan bien, no creo que le den huevadas” – razonó rápidamente como solía hacerlo y siguió tragando más relajadamente y convencido de que tal bajeza no era tal. “Mañana le cuento a Betito y de hecho lo va a aprobar” – pensaba alegremente. Y así fue.

Pasaron los años y Nando estaba exiliado en el techo de la casa. Nadie le hablaba ya y le aventaban las sobras del día para que tragara algo. Cagaba en un rincón y se limpiaba el culo con periódicos. Por las noches se moría del frío. Se acurrucaba en una tabla y se cubría con periódicos que por las mañanas le habían servido para limpiarse el culo o para masturbarse con las páginas centrales. Hubo ocasiones en que ya no soportaba las humillaciones y en las noches, sin que nadie se diera cuenta, bajaba despacito a acurrucarse en la cama del perro y a comerse su comida. El perro lo miraba en silencio, como sintiendo lástima por él, como entendiendo su situación.

Pero los años pasaron, el perro comenzó a hacerse viejo y ya no era el mismo de antes. Ya no hacía piruetas ni jugaba como antes. Le habían salido carachas en el cuerpo y se cagaba en todo sitio. Tenía una enfermedad rara que le hacía drenar una especie de jugo espeso por sus genitales que hacía que la gente se resbalase a cada rato en la casa. La ingratitud se apoderó de todos y el perro sufriría las consecuencias.

Entonces Nandito tomó partido de las circunstancias como solía hacerlo y comenzó a bajar de nuevo del techo. Se unió al resto y comenzó también a maltratar al perro. La única manera de que lo vuelvan a querer era aprovecharse de que esa especie vivía 7 veces menos que los seres humanos y que irremediablemente se haría viejo más rápido. En verdad era la única manera y resultó tal como lo había pensado. Nando ya estaba treintón pero el perro ya estaba viejo.

Comenzaron a dejar de alimentarlo como hicieron con él. No lo abrigaban y le quitaron todo, hasta la camita donde dormía. El perro ya no caminaba bien, se volvió más pulgoso que nunca y se arrastraba por la casa dejando una estela de pelos, pulgas, sangre y jugos extraños. Esto, sumado a las torturas que recibía especialmente de parte de Nando, lo hicieron tomar esa decisión. Era mejor morirse a seguir en manos de este demonio de mal. Ya no lo soportaba. El odio de Nando hacia el perro era infinito y sí que lo manifestaba a diario.

Un día, en que por descuido la puerta quedó entreabierta, el perro, como pudo, sacando fuerzas de flaqueza, corrió hacia la puerta, cojeando, exhalando su último suspiro, como huyendo del infierno, salió enloquecido hacia la calle, deseando que un carro lo embista y acabe ya con su vida. Y así sucedió, un camión de basura pasaba raudamente y acabó con la vida del miserable perro, que extrañamente a pesar de morir aplastado, mostraba una ligera sonrisa, como mostrando alivio, como que había escapado del infierno.

A Nandito, después de arrojar un par de lágrimas de cocodrilo, le sobrevino una sonrisa… esa noche, bajo las luz de la velas, tendrían qué comer….

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